miércoles, 27 de diciembre de 2017

Clasismo

He salido esta mañana, como casi todas las mañanas, a dar mi paseo matutino y tomarme un desayuno leyendo algo de la prensa y me he encontrado con más gente de lo habitual por la calle. El barrio en el que vivo suele ser bastante tranquilo y puedo decir que durante mi paseo suelo encontrarme como mucho a una o dos personas, sin contar con la gente que esté limpiando o algún portero de la finca. Esas dos personas suelen acompañarme habitualmente en mi paseo durante unos metros hasta que llego al lugar al que desayuno. Pero hoy, sin que yo tuviera conocimiento, al parecer se ha declarado algún tipo de asonada o conciliábulo y se ha convocado una reunión de personas de otros barrios hacia el lugar en el que vivo. Como quiera que mi domicilio se encuentra en una zona que limita, por unas cuantas calles, con uno de esos barrios populares de los que tanto se habla, he podido reconocer en el acto a ese tipo de gente que visiblemente no eran residentes. He querido mantener como he sabido la compostura ante tal concentración de gente, sin querer parar en mientes sobre los motivos que allí les concentraban y he seguido caminando hacia mi destino. Una vez dentro del lugar, el Café Milán, he observado por la ventana qué es lo que iba aconteciendo mientras advertía a Francisco, el dueño del Café que estuviera prevenido ante lo que pudiera pasar. Recuerdo historias de mis padres hablando de ocasionales invasiones por parte de esas gentes y cómo era la fuerza de seguridad la que resolvía las situaciones estableciendo de nuevo la calma y la paz.
En esta ocasión las gentes que allí se congregaban no portaban ningún distintivo ni reclamación abierta y se limitaban a concentrarse sin más por las calles cortando el tráfico, haciendo valer su número y el sentido de la humanidad de los conductores que no querían provocar una masacre dejando que el tráfico se viera seriamente perjudicado. Al Café Milán llegó Celso Ordón, visiblemente agitado, dando información sobre lo que sucedía ahí fuera. Al parecer, sin mediar previo aviso, y gracias al poder de convocatoria de los aparatos móviles, se habían hecho convocatorias a la población simplemente para 'ir' de visita a algunos de los barrios de la ciudad en los que los niveles de vida eran más altos. Simplemente para ir, estar y durante el tiempo que se pudiera disfrutar de lo que las condiciones naturales del lugar (así rezaba la convocatoria) proporcionaba de beneficio a los allí residentes. No había otra aspiración que la de estar allí y permanecer, sin más reivindicación ni pretensión. No peligraba, en principio, ni la propiedad privada, ni los medios de producción, ni se pedía que cesásemos nosotros mismos, los legítimos residentes de la zona, en nuestra estancia en el barrio.
Una hora después de que el tumulto fuera creciendo, llegó al Café Milán, Cels Ordón, hijo de Celso, que daba clases en la Universitat y se había destacado en las últimas jornadas como un notorio elemento de crítica de las condiciones del sistema, portavoz de la liberación de las masas y azote incesante de quienes proponen soluciones poco arrojadas contra la barbaridad de estar como estamos. Cels apareció en el café visiblemente agitado, no conseguía contactar con su padre y quería saber si se encontraba bien y asegurarle que no se preocupara, que no tenían nada que temer ya que aquella gente que había ocupado el barrio eran unos pobres ignorantes en manos de unos desesperados que ya habían demostrado en otras ocasiones su ineficacia y que solo ellos, los verdaderos azotes de la miseria, tenían la voz y la autoridad para causar algo de intranquilidad en el barrio y que, en esos momentos, no tenían nada que temer. Celso Ordón sonrió tranquilizado.
Al fondo se escuchaban unas sirenas. Cels Ordón abrazó a su padre y después de animar a las masas a perseverar se retiró a ver a su madre y comer con ella como todos los jueves. Al fondo, insisto, se escuchaban las sirenas. Al cabo de unas horas y de haberme quedado a comer en el Café Milán, volví a salir a la calle. El servicio de limpieza estaba recogiéndolo todo y me extrañó que no me saludaran como habitualmente.
La tarde parecía especialmente plácida y decidí dar un paseo hasta el confín del barrio. Avancé hasta una de las primeras travesías del más allá y en una esquina, en mitad de la calle, me la saqué y mingité en uno de los primeros portales que me parecieron más idóneos.
Cuando por la noche llegué a casa y me fui a la cama... bueno, otro día más. 

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