martes, 3 de julio de 2012

Impresiones desde Lieja

En su apasionante libro de viajes 'Impresiones desde Lieja', el inglés más británico del Reino Unido, Tofol Pettigrew nos sobrecoge con un nimio detalle que observó en una calle de la ciudad belga en la que vivió durante 35 años.
'Lieja es una ciudad que tiene sus cosas. A lo largo de este libro hemos visto como sus gentes, si en un primer momento parecen hoscas, a lo largo de los años se mantienen en este nivel. Así como en otros  lugares, siempre se alega que lo que es en un principio visible en la superficie, cuando se rasca se torna, aquí no. Lo que es, es. No hay más. Gente intratable, de poco conversar, de ningún cariño, y nula empatía hacia los demás. Me encanta. No hace mucho encontré una calle cortada al tráfico por parte de una cadena de policías. Sorpréndase, amable lector, si le digo que aquel no había llovido, sino que siguió recogiendo el agua que venía cayendo desde hacía tres. Las calles estaban resbaladizas, chorreantes, las aceras húmedas, la pavimentación adoquinizada era una tortura para los tobillos sensibles como los míos.
Allí, cerca de una plaza cuyo nombre nunca conseguí memorizar, una barrera humana de policías cortaba el tráfico y no dejaba que transeúnte, coche, bicicleta o ser vivo cualquiera atravesase su dispositivo. Seis hombres y un superior. El superior vigilaba que no hubiese ningún problema por un lado, mientras los otros seis lo hacían por el otro. Ante esa desproporción de fuerzas, alburé que quizás en el otro extremo de la calle hubiese algún tipo de manifestación vindicando algo que se le debiera a una parte descontenta de la población. Así que, sin gran cosa a la que dedicarme ese día como otros, decidí plantarme delante del superior y esperar a ver qué podía estar pasando.
Naturalmente, el superior no me prestó mayor atención, y allí pude estar so pena de estar calándome con la humedad reinante y cogiendo un poco de frío porque, lamentablemente, había salido con poca ropa. En la calle estábamos ellos y yo, porque nadie más se había puesto a curiosear. Simplemente veían la calle cortada y pasaban a otra cosa. Yo no. Necesitaba fijarme en ese apunte extraño, en ese toque pintoresco, quizás de ahí podría extraer alguna conclusión que me ayudase a catalogar a los liejenses como una población singular y merecedora de un reconocimiento mayor por parte de las demás poblaciones que, a juicio de las personas liberales y civilizadas de mi tierra de origen, saben que todo lugar merece consideración mayor que el pueblo del vecino.
Pasada una media hora, allí nada ocurría. Lo mismo que la media hora siguiente. Me entró hambre y en un puesto de salchichas pedí una idem y me la comí delante del superior. Mi vista no me llevaría a ganar un concurso en la feria del ganado si en éste se valorase la vista, pero puedo decir que al otro lado de la calle, nada ocurría. Y nada ocurrió. Sonaban las campanas que daban las siete de la tarde y empezaba a ser noche cerrada, cuando el dispositivo se desarmó. Rompieron filas, mientras el superior se dirigía a mí y me pedía la filiación. 'Soy súbdito británico, caballero', le respondí en un perfectísimo inglés, que es el único idioma con el que me relaciono de una manera franca y sincera. El superior escupió en el suelo, me pegó un empujón y en un flamenco que poco a poco, después de tantos años, iba entendiendo logré entender que me decía 'hay que ser gilipollas'. El grupo de siete policías avanzó hasta el final de la calle, dobló la esquina y ahí terminó la escena.
Conclusión: el trabajo del viajero observador está sujeto a todo tipo de peligros y de vez en cuando hay que jugarse el tipo, pero merece la pena no dejar de aprender nunca.'
¿Bien o no? Pues el resto del libro, por el estilo.

2 comentarios:

  1. Tofol por lo bien que habla inglés, no?
    Lieja está bien, es un sitio en el que se puede vivir, no sé si 35 años, pero unos pocos seguro.

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  2. No sé jo si el posaria el primer de la llista de llibres pendents de llegir....
    :)
    bon dia!

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